miércoles, 10 de octubre de 2007

¿Qué será de mi i-Pod?

Siguiendo con lo del futuro pero quedándonos en nuestro querido planeta, el otro día leí esto:

"Año 2054. Mis nietos están explorando el desván de mi casa. Descubren una carta fechada en el 2054 y un CD-ROM. (...) Mis nietos tienen una viva curiosidad por leer el CD, pero jamás han visto una salvo en las viejas películas. Aún cuando localizaran un lector de discos adecuado, ¿cómo lograrían hacer funcionar los programas necesarios para la interpretación del disco? ¿Cómo podrían leer mi anticuado documento digital? Dentro de 50 años lo único directamente legible será la carta."


Jeff Rothenberg.


Efectivamente, la tecnología que hoy nos facilita tantísimo la vida y que nos parece lo más de lo más, puede que se vuelva en nuestra contra mucho antes de lo que pensamos. De hecho, ¿cuánto tiempo lleváis sin escuchar una cinta de cassete? ¿sabéis dónde están vuestros walk-man? Dentro de poco tiempo serán piezas de museo como lo son ahora los fonografos.

Éstos son la mayoría de artilugios portátiles que he utilizado a lo largo de mi vida para ponerle una banda sonora a la vida, aunque falta alguno que perdí...


El iPod, por ejemplo, que se ha convertido en el archivador y agenda más capacitado y más útil para miles de personas, que guardan en su interior toda su música, todas sus fotos, todos sus contactos..., nos seguirá siendo útil dentro de 10 años? ¿O será un trasto más? Aunque sea la herramienta del futuro, la pregistórica versión que ahora tenemos será compatible con los ordenadores que tendremos más allá del 2020?

Asique, por lo visto, de lo verdaderamente importante, es mejor sacar una copia impresa.

¿A qué esperas para imprimirte todos mis posts?

Teorizando sobre un futuro

Ya ha aterrizado en la realidad la fantasía de miles y miles de personas que no llegaron hasta el siglo XXI, el turismo espacial. Varios millonarios curiosos han tenido la oportunidad de invertir sus fortunas en algo más allá de mansiones y cochazos y se han atrevido a lanzarse al espacio. Esto era sólo ciencia-ficción para lo científicos de los siglos pasados, pero hoy ya casi no sorprende.
Es posible que algún día tampoco sorprendan las expediciones multitudinarias para colonizar otros planetas, cuando el nuestro agonize de verdad, cuando los recursos sólo den para unos pocos.
Teniendo en cuenta el acelerado ritmo de procreación humana actual y el aún más acelerado ritmo de consumo de recursos naturales, es lógico pensar que la situación en la Tierra, tal y como la conocemos, no va a durar mucho más.
Siempre he pensado que cuando el límite se acerque la naturaleza cruel de la humanidad combinada con el espíritu de supervivencia haga de nuestros tataranietos seres impasibles que no duden en exterminar a los más débiles para que unos pocos pudan mantenerse en pie con lo poco que la pobre Tierra les pueda oferecer.
Si se llega a hacer realidad eso que tanas veces hemos visto en el cine, poblaciones enteras que se desplazan a vivir a otros planetas, sobrecoge pensar en los primeros que lleguen. Porque resulta que, una vez que se hayan ido y su cuerpo haya asimiliado los cambios pertinentes, no podrán volver. Para empezar, gracias a la gravedad cero, los fluidos corporales, que normalmente se concentran en las zonas bajas, se repartirán por todo el cuerpo. Esto hará creer al cerebro que le sobra sangre y reducirá su producción, lo que causaría graves anemias. Además, los huesos perderían su calcio porque no necesitarían ser tan fuertes, y los músculos se atrofiarían porque el peso y la resistencia que soportan serían mucho menores. -No me lo invento, lo dicen los científicos de la Universidad de Nueva Jersey y los neurólogos de CSIC-.
El impacto de la ingravidez es tan demoledor que los bebés que nacieran de esos primeros colonos, la segunda generación, ya no podrían aprender a caminar en la Tierra ni readaptar sus organismos a la gravedad de la que vinieron sus padres, cuyos organismos tampoco soportarían la vuelta.
De forma que, imaginaos, una expedición que fuera a tantear un planeta posiblemente habitable. Para cuando se dieran cuenta de que la vida humana allí es imposible, no podrían regresar. Verían la Tierra, quizá, desde la nave que les hubiera trasladado hasta su nueva e inhabitable morada, recordarían los bosques, los océanos, las ciudades y las gentes que habrían abandonado y sabrían que nunca más se reencontrarían con ellos. Si consiguieran sobrevivir al medio más allá de los problemas creados por la ingravidez -y sin tener en cuenta la multitud de dificultades a las que podrían enfrentarse-, lo que allí viviría sólo unos años después, ya no serían seres humanos. Habría nacido otra especie o pseudoespecie tras dos o tres generaciones cuya corteza cerebral maduraría de forma totalmente distinta a la nuestra a causa de las nuevas condiciones ambientales.
También es verdad que cuando se inventó el ferrocarril los científicos estimaban que la máxima velocidad que el organismo humano podía soportar era de 48 km/h. Pero confiemos en todos los avances de las últimas décadas y fiémonos de lo que ahora nos dicen.
El más joven de esa primera expedición en sus últimos años de vida sería testigo, entonces, de cómo quienes continúan en la Tierra, humanos como los de antes, se desesperan por salir de allí mientras que sus nietos ya no son ni siquiera de su especie y de nada les suena un fenómeno que marcó la vida de sus antecesores y que descubrió un señor cuando una manzana cayó de un árbol.
Inquietante.

lunes, 8 de octubre de 2007

Era vivienda, no República

Muchos de los que el sábado sobre las siete de la tarde asomaban a los balcones de la calle de Alcalá en su recorrido entre la puerta del Sol y Cibeles, o de los que paseaban por el paseo del Prado, pensarían que la manifestación que veían era una reivindicación de la República. Es lógico, si uno ve multitud de banderas tricolores ondeando en los brazos de unos jóvenes que corean a gritos cosas como "los Borbones a los tiburones" o "España mañana será republicana". Pero no, allí nos manifestábamos por una vivienda digna.
Hace ya algunos años que empecé a salir a la calle a reivindicar aquello que me parece de recibo o a protestar por algo con lo que no estoy de acuerdo. Por la LOU, la LOE, la guerra de Irak, por atentados diversos, por la República, también, y últimamente por esto de la vivienda. Y en todas (o casi todas) estas manifestaciones se colaban siempre arengas que nada tenían que ver con la reivindicación que nos ocupaba.
También les pasa a los que van a las "otras manifestaciones", que conste, debe ser un cáncer de toda la sociedad. Si el PP reivindica la familia, insulta a Zapatero. Si se echa a la calle por un atentado de ETA, insulta a Zapatero. Si..., bueno lo dejo porque esto no tiene fin.
El caso es que, aunque yo sea republicana y antipepera, si salgo a reivindicar una vivienda digna no me voy a poner a gritar contra los Borbones ni contra Esperanza Aguirre o Gallardón (más allá de su responsabilidad en el problema de la vivienda en Madrid). Si voy a una manifestación por la República no creo que tenga lugar increpar a Aznar por la guerra de Irak. Si voy a una manifestación contra esta misma guerra, no voy a recordarle a Aznar su mala política educativa.
Todo esto lo he oído, en todas las manifestaciones la gente se emociona y se pone a cantar como loca todas las rimas que se aprendió en la del sábado pasado. Suelo estar de acuerdo con la mayoría (al final siempre somos los mismos en este tipo de "fiestas callejeras") pero no me parece bien que, si se convoca por un motivo concreto, se proteste por todo.
En mi opinión, esto le quita fuerza y sentido a las reivindicaciones e incluso es posible que nuestro vecino de pancarta se sienta ofendido.
Propongo que, cada X tiempo, se convoque una manifestación "general" para que cada uno acuda allí con su pancarta y arenga particular a protestar por todo y a reivindicarlo todo. Cada uno, lo que más le apetezca. Sería un saludable ejercicio de confraternidad ciudadana en el que, tal y como somos en ese país, más de uno acabaría en comisaria y alguno que otro en el hospital.
Yo, por mi parte, reivindicaría recorridos oficiales diferentes para las manifestaciones masivas, porque la marcha Atocha-Sol y viceversa me tiene ya un poco aburrida.

martes, 2 de octubre de 2007

Leo, luego existo (II)

Continuando con eso del placer de la lectura, hace poco recordé cómo me había adentrado en él. Recogiendo mi habitación me encontré con Los bambalinos y el río, el primer "libro" que recuerdo haber leído. Cuando lo rescaté de la estantería y mientras le limpiaba el polvo de las tapas, podía visulizar perfectamente los dibujos que acompañaban al texto antes de abrirlo y casi me veía con seis o siete años en mi cama leyéndolo. Fue un poco como cuando Proust probó su magdalena mojada en té y de repente era otra vez un niño.

En realidad creo que mi afición a la lectura se fraguó antes de que aprendiera a juntar las letras, cuando mis padres me leían cuentos infantiles antes de acostarme -les abrasaba con Hansel y Gretel, por lo visto- , cuando mi padre se inventaba grandes y larguísimas aventuras para mí, o cuando escuchaba en cinta las andanzas del pobre gato Gobolino.

Después de los Bambalinos, cuando ya me leía yo solita los cuentos, llegaron Lumbánico el planeta cúbico y El verano de la sirena (cuánto bien ha hecho por la lectura el Barco de Vapor) libros que podía llegar a leer dos o tres veces seguidas de lo mucho que me gustaban. Según terminaba la última página, empezaba de nuevo con la primera. En serio.

Luego, Los dedos de Walt Disney, pude leerlo unas diez veces en un par de años y no me cansé de él, y toda la serie de Flanagan, mi verdadero héroe infantil, me ayudaron a coger la monotonía de no dormirme sin abrir un libro.

Y de pronto un verano descubrí la "literatura adulta" cuando mi padre me animó a leer La isla del tesoro. Me enganchó como muy pocos libros han conseguido engancharme y descubrí que también me gustaban los libros que no tenían tapas naranjas o rojas.

A partir de ahí, ha sido una auténtica aventura descubrir, uno tras otro, todos los libros que he leído, aunque, he de confesar, que con algunos no he podido y a pesar de mi insistencia he tenido que dejarlos a medias -Anna Karenina, te aseguro que lo intenté, pero no pude hacerme conigo-.

Pero con otros he tenido una auténtica historia de amor y he luchado con todas mis fuerzas contra el sueño por las noches para poder avanzar un par de páginas más. Como comentó ayer Bep, algunos de mis amigos, ojipláticos, se pensaban que estaba más borracha de lo que creían cuando llegábamos de marcha a la cama y me veían acomodarme entre las sábanas, dirigir la luz, y abrir el libro aunnque se me cerraran los ojos.

La verdad que soy una lectora desordenada y muy poco disciplinada, porque leo sólo por puro ocio sin intención, en principio, de enriquecerme más allá de la diversión. Pero cuando Margarita Garbisu, ah!, la mejor profesora que he tenido y tendré, tuvo la amabilidad de ordenar y contarme, de forma resumida pero muy efectiva, la historia de la literatura universal, me propuse ser una lectora seria. Elegir sólo literatura "de calidad", leer de forma ordenada por géneros, autores, épocas... Pero no he podido. Tampoco lo he intentado con demasiado empeño, la verdad... Aunque, eso sí, sigo firme en mi propuesta de leer -o al menos intentarlo- a lo largo de mi vida todos los volúmenes que ella apuntó con cariño en una larga lista dirigida a sus alumnos. La guardo como oro en paño, y espero poder hacer, dentro de muchos años, mi propia enumeración de "libros imprescindibles que hay que leer".

Leo, luego existo

Cuando uno termina un libro, sobre todo uno largo, se queda medio huérfano. Después de compartir muchos viajes en metro y muchas noches con sus protagonistas, cuando llego a la última página la leo despacito, para que no se acabe nunca, porque cuando cierro el libro y se me pasa la sensación de culpa por dejarles ahí dentro hasta que vaya otro a rescatarles, me entra una especie de vértigo al pensar, ¿y ahora qué?.
Es excitante enfrentarse a la estantería de mi casa repleta de libros y ser completamente libre para elegir qué me apetece empezar a leer ahora. Aún más lo es entrar en la Casa del Libro, en Fuentetaja o en la Fnac, y tener frente a mí miles de posibilidades. Soy consciente en esos momentos de que puedo encontrar algo que me haga vibrar o elegir algún volumen que me aburra sobremanera. No es una decisión fácil, señores, a mi me resulta bastante difícil de hecho.
A esto se suma otro sentimiento de culpabilidad: hay libros que llevo años queriendo leer pero, cuando puedo elegir qué titulo empezar, nunca los elijo. Normalmente me da pereza o se me cruza por delante otro mucho más apetecible y así, aunque sé que quiero leerlos, llevo mucho tiempo detrás de Trópico de Cáncer o de El Gran Gatsby, por ejemplo, sin acabar de decidirme nunca a empezar a leerlos.
A pesar de eso soy capaz de repetir varias veces el mismo libro porque me fascine, aunque me sepa la historia de memoria porque no me canso de ella, como me ha ocurrido con La casa de los espíritus o A sangre fría. Lo malo de releer es que se pierde la sensación de aventura según enfilas las primeras páginas. Eso de vivir, de pronto, una vida nueva. Resulta emocionante conocer a los personajes, los lugares, las historias. Y lo mejor de todo es que los conoces como más te apetezca, porque el escenario y las caras de la gente las pones tú en tu cabeza! Estoy convencida de que la gente a la que no le gusta leer es porque aún no ha encontrado en su cerebro ese mecanismo por el que las letras impresas sobre una hoja de papel se convierten en una película que se proyecta en tu cerebro.

Hoy mismo, la cola de las entradas para Bruce me ha brindado la oportunidad de colarme en la Fnac, ya que me he terminado el larguísimo volumen que me ha tenido ocupada prácticamente todo el verano (aunque he de confesar que le he traicionado y me he leído otros entremedias) y lo he vuelto a hacer. Aunque en mi cuarto hay muchos libros que quiero leer, no he podido evitar comprarme Nocilla Dream y postponer, de nuevo, esas lecturas autorecomendadas.
Ya os contaré si ha merecido la pena, y seguiré con el tema porque me quedo corta.
La foto, por cierto, es de la biblioteca del Trinity College de Dublín, la biblioteca más atractiva que conozco.