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miércoles, 11 de febrero de 2009

Cronopios, con C de Cortázar.

No os vayáis a creer que tengo fijación ahora con todo lo argentino, pero me vienen dadas. Quizá sea posible, eso sí, que ande ahora más atenta a los vientos que vienen de Buenos Aires a Madrid (o viceversa), a los puntos que comparten ambas ciudades, a los duendes que viven de día acá y duermen de noche allá. Porque no todos lo saben pero en realidad Madrid y Buenos Aires son la misma ciudad solo que reflejada en los dos hemisferios, como un espejo visto por delante y por detrás.

Por estas dos ciudades que son una pululan, además, famas, esperanzas y cronopios. De las esperanzas paso porque son un poco sosas, yo me declaro fan de los cronopios (de hecho no estoy segura de no ser yo misma una cronopita).

¿Que qué son? Los cronopios son uno encantadores espíritus verdes, redonditos y húmedos, que revolotean felices por el mundo sin preocuparse por nada. Son ingenuos, idealistas, gamberros. desordenados, sensibles y un auténtico desastre, pero siempre tienen suerte y todo les suele salir bien. No preparan los viajes, sacan la pasta de dientes de cualquier manera y la lían parda hagan lo que hagan, pero se lo pasan pipa.


Son criaturitas del escritor argentino Julio Cortázar, que murió hace ahora 25 años y es uno de los escritores más divertidos y complicados que yo conozco. En su libro "Historias de cronopios y de famas" (1978) habla de ellos:

"Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días."

"Un cronopio se encuentra una flor solitaria en medio de los campos. Primero la va a arrancar, pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume y finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz. La flor piensa: "Es como una flor".

Se podría decir que están medio chalados, pero en realidad los cronopios son seres creativos que se saltan las convenciones, todo lo contrario que los famas, individuos pragmáticos, conformistas, adoradores del orden y lo políticamente correcto, que sólo saben escribir en papel rayado y que "aprietan desde abajo el tubo de dentífrico". Son trabajadores y aplicados, se rigen por las normas y los horarios, preparan todo con antelación y no dejan nada al azar.

Después de conocerlos ahora no puedo dejar de clasificar a quien me cruzo en una u otra "especie", aunque la mayoría son esperanzas, criaturas sedentarias, ignorantes y aburridas que están un poco en medio entre los viva la vida de los cronopios y las grises famas.

Más allá del universo cronopio, Cortázar escribió libros tan gordos como difíciles ("Rayuela") y cuentos divertidísimos que de veras recomiendo. Como aquel en el que nos enseña a subir una escalera (las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas), a tener miedo, a llorar, o a cantar, todos en el mismo volumen de "Historia de Cronopios y de famas".

Ayer, en Madrid, (y por tanto en Buenos Aires, claro) se rindió homenaje a Cortázar, con la participación incluso de mi querida Cris (la Kirchner), leyendo en la Casa de América este libro del que os hablo.

Yo, a este hombre que tenía una enfermedad por la que su cuerpo no envejecía, le rendí el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor, el que se goza entra sábanas, a la luz de una lámpara nocturna, a altas horas de la madrugada, en el silencio de la noche y de la soledad, saboreando las palabras, acariciando y jugueteando con las páginas de sus libros como si de un amante se tratara.

Y la próxima vez que vaya a París, pasaré por el cementerio de Montparnasse y en la tumba de Cortázar, el "Cronopio mayor", dejaré, como es costumbre, una copa de vino y una hoja de papel o un billete de metro con una rayuela pintada.

lunes, 13 de octubre de 2008

Mafalda




Una de las mejores creaciones argentinas, en mi opinión, es un cómic en principio inofensivo pero altamente dañino para quienes no quieren ver sus conciencias sacudidas con el entretenimiento (ese tipo de gente que rechaza el cine o la literatura "comprometidas" porque ya tienen suficientes problemas como para crearse más cuando quieren relajarse). Pero lo mejor de este cómic es que fluye sobre el humor y la ingenuidad infantiles tan suavemente que uno no puede hacer otra cosa que reírse de lo mal que está el mundo.

Las viñetas de Mafalda, que son argentinas pero hablan de lo divino y de lo humano tan universalmente que podrían ser prácticamente de cualquier parte del mundo, deberían ser obligatorias en el colegio para aprender a pensar. Es (o fué, o siempre será) una niña de familia porteña de clase media que vive en San Telmo -a dos manzanas de mi casa-, odia la sopa, y es la autora de una de las frases a las que más recurro cuando me supera la humanidad (lo cual ocurre, francamente, con demasiada frecuencia): "Paren el mundo, quiero bajarme!".
Un tiernísimo dibujo que tiene vida y se plantea todo desde la ingenuidad infantil pero con una capacidad de análisis y una lógica que si fuera adoptada por quienes dirigen el mundo todo iría mucho mejor. Una enana que quiere ser interprete de la ONU para poder acabar con los conflictos mundiales y adora a los Beatles.


El dibujante argentino Quino concibió a Mafalda para promocionar una cadena de electrodomésticos y aunque esa publicidad nunca llegó a ver la luz le dio la oportunidad de crear un personaje que desde entonces viviría en varios periódicos argentinos, saltaría a publicaciones de todo el mundo y sería editada y reeditada a lo largo de los años. De hecho, "Todo Mafalda", el libro de más de dos kilos que reúnes todas sus viñetas, se agota automáticamente con cada nueva edición. Una niña que ha encandilado a varias generaciones y aún no ha dejado de ser actual a pesar de pertenecer realmente a las décadas de los 60 y 70. Una nena, como dicen aquí, que consiguió que hasta Julio Cortázar dijera que "no tiene importacia lo que yo pienso de Mafalda. Lo importante es lo que Mafalda piensa de mí".


Una pequeña curiosa e irreverente que trae a su padre de cabeza (siempre le deja por los suelos con sus ocurrencias) y hace que los adultos más empingorotados se sonrían con sus tiras. Una boludita a la que se le ocurren frases dignas de grandes filósofos: "¿No sería mas progresista preguntar donde vamos a seguir, en vez de dónde vamos a parar?"; "El mundo esta malo, le duele el Asia."



Una niña que tiene mucho que enseñarnos a todos con buen humor y sarcasmo, un personaje ficticio tan tierno y real que ojalá estuviera vivo y no fuera intérprete de la ONU, si no jefa de Estado. Égoístamente preferiría que fuera una niña que viviera en San Telmo a quien pudiera encontrarme por la calle para que me diera cada día una buena lección de vida y un motivo para sonreirme. Suerte que Quino escribió muuuchas tiras y viñetas de Mafalda y que aunque uno se las sepa no dejan de hacer gracia.



miércoles, 23 de abril de 2008

Leo, luego existo (III)


Ya el año pasado os hablé de mi afición por los libros en la primera y la segunda entrega de 'Leo, luego existo', pero es un tema amplio que pienso trillar cuanto pueda. Hoy se conmemoran en todo el mundo las muertes de dos grandísimos e históricos literatos, dos pesos pesados de las superventas que siglos después de que se sentaran a la temblorosa luz de sus velas a escribir con pluma sus novelas siguen vendiendo como el que más, aunque por supuesto no es ese el índice que debe seguir la literatura.
Hoy se conmemoran, pues, las muertes de William Shakespeare y Miguel de Cervantes, que murieron el 23 de abril de 1616. Esto no es del todo cierto, pues la muerte de Shakespeare se calcula por el calendario juliano y correpondería al 3 de mayo, y Cervantes fue enterrado el 23 de abri pero murió el 22. De todas formas, queda bonito.

Pues eso, hoy se le rinde homenaje a un objeto muy simple que todo el mundo puede manejar pero que abre tantísimas posibilidades que su valor real es incalculable. Hya libros grandes, pequeños, de colores, sin color, finos y gordos, aburridos, de historia, de ciencia, de cuentos, de poesía, de cocina, ensayos, novelas, humorísticos, divulgativos,... Hay en los libros todo lo que uno quiera encontrar. Aparte ya de que mucho de lo que sabemos lo hemos aprendido de los libros y así seguirá siendo, mi mayor interés en la literatura ahora mismo radica en su ángulo ocioso y en su potencial para dispararnos la imaginación y engancharnos como si de una simple telenovela colombiana se tratara.

Así, al menos me pasa a mí de vez en cuando. Llevo exactamente una semana enfrascada en el último volumen de Ken Follet, y cuando digo enfrascada, lo digo de verdad. Es uno de los libros más gordos que me he leído pero sus mil ciento y pico páginas me tienen todo el día en ascuas y toda la noche en vela. He leído por la mañana, al mediodía, por la tarde, por la noche y de madrugada, sobre todo de madrugada. He comido con el libro al lado y he cenado casi sobre él. He dejado de salir a la calle por leer y he abandonado a mi compañera de piso a las once de la noche porque en la cama me esperaba.., mi libro.
Me temo que mi romance e idilio con el papel se me va a acabar esta misma noche, y me duele abandonar a quienes me han acompañado tan intensamente en los últimos días, pero no puedo apacigüar la impaciencia de saber qué pasará, ¿cómo acabarán? Así que esta misma tarde acabaré por resolver todas mis dudas con respecto al destino de Caris, Merthin, sus amigos y enemigos, y el futuro del priorato de Kingsbridge. Me dolerá, pero...
Menos mal que la semana que viene empieza en Buenos Aires la Feria del Libro y podré perderme durante horas entre libros y más libros, entrevistaré a algunos de los escritores admirados que vienen a Buenos Aires, -Almudena Grandes, Tom Wolfe, Naomi Klein...- y podré acudir a alguna que otra charla interesante sobre literatura. Espero que con eso se me quite un poco el mono y espero también encontrar un digno sustituto que me mantenga despierta en la cama hasta las cinco de la mañana como lo está haciendo este. Lo que no espero es arruinarme comprando libros de todos los colores, pero dada mi condición de consumista febril de literatura la cosa va a ser difícil...
Pero, más allá del placer puramente egoísta de la lectura, un placer que no se comparte, que se goza en lo más íntimo de la habitación -o del asiento de metro que nos haya tocado- de cada uno, un placer que de hecho nos aísla del resto del mundo, he descubierto uno nuevo: el gustazo de ser testigo de cómo un gran amigo anti-lectura descubre poco a poco que en realidad le gusta, le engancha dice, y poder regalarle mis libros favoritos y regalarle así un trocito de todo lo que yo he disfrutado leyendo.


FELIZ DÍA DEL LIBRO A TODOS



sábado, 29 de marzo de 2008

Vaya semanita...


He tenido esto un poquillo abandonado en esta semana de transición el que he tenido que despedir a mis padres y a mi hermana después de más de diez días con ellos y he recibido y una nueva y agradabilísima visita.
Y eso lo he tenido que combinar con mcuhíiiisimo trabajo, interesante pero en momento inadecuado. Asique después de tantas horas de curro -siete para mí son muchas-, salía y lo último que me apetecía hacer era turismo, asique he condenado a mi pobre visitante al ostracismo casero, o santelmero en el mejor de los casos.
Y en el plano labroral he tenido la oportunidad de repetir con Aznar -ooohhh...- y para compensar conocer a dos grandes creadortes, a Francis Ford Coppola, ilustre padre del Padrino más famoso, y al escritor Álvaro Pombo, con quien ayer mantuve una interesante entrevista.
Y también conocí a Maribel Verdú, ahí me tenéis en la foto ejerciendo de periolista camarógrafa.

La semana que viene espero tener menos curro -aunque me toca cubrir la entrega de los Premios Planeta Iberoamericanos- y hacer más turismo...

martes, 2 de octubre de 2007

Leo, luego existo (II)

Continuando con eso del placer de la lectura, hace poco recordé cómo me había adentrado en él. Recogiendo mi habitación me encontré con Los bambalinos y el río, el primer "libro" que recuerdo haber leído. Cuando lo rescaté de la estantería y mientras le limpiaba el polvo de las tapas, podía visulizar perfectamente los dibujos que acompañaban al texto antes de abrirlo y casi me veía con seis o siete años en mi cama leyéndolo. Fue un poco como cuando Proust probó su magdalena mojada en té y de repente era otra vez un niño.

En realidad creo que mi afición a la lectura se fraguó antes de que aprendiera a juntar las letras, cuando mis padres me leían cuentos infantiles antes de acostarme -les abrasaba con Hansel y Gretel, por lo visto- , cuando mi padre se inventaba grandes y larguísimas aventuras para mí, o cuando escuchaba en cinta las andanzas del pobre gato Gobolino.

Después de los Bambalinos, cuando ya me leía yo solita los cuentos, llegaron Lumbánico el planeta cúbico y El verano de la sirena (cuánto bien ha hecho por la lectura el Barco de Vapor) libros que podía llegar a leer dos o tres veces seguidas de lo mucho que me gustaban. Según terminaba la última página, empezaba de nuevo con la primera. En serio.

Luego, Los dedos de Walt Disney, pude leerlo unas diez veces en un par de años y no me cansé de él, y toda la serie de Flanagan, mi verdadero héroe infantil, me ayudaron a coger la monotonía de no dormirme sin abrir un libro.

Y de pronto un verano descubrí la "literatura adulta" cuando mi padre me animó a leer La isla del tesoro. Me enganchó como muy pocos libros han conseguido engancharme y descubrí que también me gustaban los libros que no tenían tapas naranjas o rojas.

A partir de ahí, ha sido una auténtica aventura descubrir, uno tras otro, todos los libros que he leído, aunque, he de confesar, que con algunos no he podido y a pesar de mi insistencia he tenido que dejarlos a medias -Anna Karenina, te aseguro que lo intenté, pero no pude hacerme conigo-.

Pero con otros he tenido una auténtica historia de amor y he luchado con todas mis fuerzas contra el sueño por las noches para poder avanzar un par de páginas más. Como comentó ayer Bep, algunos de mis amigos, ojipláticos, se pensaban que estaba más borracha de lo que creían cuando llegábamos de marcha a la cama y me veían acomodarme entre las sábanas, dirigir la luz, y abrir el libro aunnque se me cerraran los ojos.

La verdad que soy una lectora desordenada y muy poco disciplinada, porque leo sólo por puro ocio sin intención, en principio, de enriquecerme más allá de la diversión. Pero cuando Margarita Garbisu, ah!, la mejor profesora que he tenido y tendré, tuvo la amabilidad de ordenar y contarme, de forma resumida pero muy efectiva, la historia de la literatura universal, me propuse ser una lectora seria. Elegir sólo literatura "de calidad", leer de forma ordenada por géneros, autores, épocas... Pero no he podido. Tampoco lo he intentado con demasiado empeño, la verdad... Aunque, eso sí, sigo firme en mi propuesta de leer -o al menos intentarlo- a lo largo de mi vida todos los volúmenes que ella apuntó con cariño en una larga lista dirigida a sus alumnos. La guardo como oro en paño, y espero poder hacer, dentro de muchos años, mi propia enumeración de "libros imprescindibles que hay que leer".

Leo, luego existo

Cuando uno termina un libro, sobre todo uno largo, se queda medio huérfano. Después de compartir muchos viajes en metro y muchas noches con sus protagonistas, cuando llego a la última página la leo despacito, para que no se acabe nunca, porque cuando cierro el libro y se me pasa la sensación de culpa por dejarles ahí dentro hasta que vaya otro a rescatarles, me entra una especie de vértigo al pensar, ¿y ahora qué?.
Es excitante enfrentarse a la estantería de mi casa repleta de libros y ser completamente libre para elegir qué me apetece empezar a leer ahora. Aún más lo es entrar en la Casa del Libro, en Fuentetaja o en la Fnac, y tener frente a mí miles de posibilidades. Soy consciente en esos momentos de que puedo encontrar algo que me haga vibrar o elegir algún volumen que me aburra sobremanera. No es una decisión fácil, señores, a mi me resulta bastante difícil de hecho.
A esto se suma otro sentimiento de culpabilidad: hay libros que llevo años queriendo leer pero, cuando puedo elegir qué titulo empezar, nunca los elijo. Normalmente me da pereza o se me cruza por delante otro mucho más apetecible y así, aunque sé que quiero leerlos, llevo mucho tiempo detrás de Trópico de Cáncer o de El Gran Gatsby, por ejemplo, sin acabar de decidirme nunca a empezar a leerlos.
A pesar de eso soy capaz de repetir varias veces el mismo libro porque me fascine, aunque me sepa la historia de memoria porque no me canso de ella, como me ha ocurrido con La casa de los espíritus o A sangre fría. Lo malo de releer es que se pierde la sensación de aventura según enfilas las primeras páginas. Eso de vivir, de pronto, una vida nueva. Resulta emocionante conocer a los personajes, los lugares, las historias. Y lo mejor de todo es que los conoces como más te apetezca, porque el escenario y las caras de la gente las pones tú en tu cabeza! Estoy convencida de que la gente a la que no le gusta leer es porque aún no ha encontrado en su cerebro ese mecanismo por el que las letras impresas sobre una hoja de papel se convierten en una película que se proyecta en tu cerebro.

Hoy mismo, la cola de las entradas para Bruce me ha brindado la oportunidad de colarme en la Fnac, ya que me he terminado el larguísimo volumen que me ha tenido ocupada prácticamente todo el verano (aunque he de confesar que le he traicionado y me he leído otros entremedias) y lo he vuelto a hacer. Aunque en mi cuarto hay muchos libros que quiero leer, no he podido evitar comprarme Nocilla Dream y postponer, de nuevo, esas lecturas autorecomendadas.
Ya os contaré si ha merecido la pena, y seguiré con el tema porque me quedo corta.
La foto, por cierto, es de la biblioteca del Trinity College de Dublín, la biblioteca más atractiva que conozco.